Toda una vida en la Edad Media

  • Columna de opinión, por Alfonso Tornero

Decía un sabio libro de religión: «En nuestros tiempos, una persona puede recibir en un sólo día más información de la que se podía recibir durante toda una vida en la Edad Media». La sentencia no está limpia de orgullo, pero fijémonos en cómo la frase se cubre las espaldas con un«puede» antes del «recibir». Márquese bien clara la frontera entre posibilidad y realidad. Y la realidad nos trae internet a todos nuestros móviles y hogares (por un módico precio que, según los proveedores, no está reñido con el concepto de derecho a la información). Pasado ese primer filtro del «puedo porque pago», queda por discernir en qué consiste el torrente de datos que me distingue del campesino analfabeto europeo del medievo.

Para empezar, se supone de mí que debo y quiero estar informado, so pena de que caiga sobre mí la maldición de los desinformados, traducida en convertirme en objeto de manipulación. Por eso triunfan tanto los telediarios: cubren la cuota asignada por individuo en una pulcra media hora de flashes informativos de contenidos diligentemente seleccionados por expertos seleccionadores. Con su ración de telediario, una gran cantidad de personas viven tranquilas y reconfortadas (normalmente fieles a una única propuesta de canal y noticiero), sabiéndose informadas y no manipulables. Nada que ver con la Edad Media.

Si el individuo no se conforma con esa información, o necesita ampliarla según sus intereses particulares, debe recurrir a otros medios que implican una actitud no tan pasiva como la de «comer y ver la tele». Tendrá, entre otras cosas, que realizar el esfuerzo de leer. Como el papel es tan caro y la impresión tan poco rentable para determinados inversores y empresarios, los periódicos tradicionales se nos mueren a nuestro alrededor sin que los lloren demasiado. Al fin y al cabo, todo es un negocio, y lo que no se vende, muere. Quedan flotando en el barato espacio virtual los equivalentes web de la prensa, a la espera de que algún interesado aterrice en ellos con la intención activa de informarse. Los diarios digitales, blogs de opinión, páginas web, wikiespacios y compañía son legión; la red social mueve la información en una corriente dispersora que dificulta la imposición de las barreras que antaño se levantaban con relativa facilidad.

Hoy ya no se ataca la información con la censura, el silenciamiento y la selección de contenidos, sino con el desprestigio del medio. Un blog no es algo serio. Una página web casera no está documentada. La voz del internauta es subjetiva y falta de rigor. No existe compromiso (como si al manejar la información tuviéramos que casarnos, o algo peor).

En última instancia, piense que si está leyendo esto en un blog, es consecuencia de que a alguien le interesó escribirlo, a alguien le interesó hacerlo público, y a usted leerlo. Quizá entonces percibirá toda la vanidosa conciencia social de una época que presume de ser tan avanzada con respecto a esa Edad Media de Dios, el Rey y el siervo.

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