Carne de locura

Moments Maniacs antonio-barrosoLa Lisa parece un psiquiátrico en horas de visita con esta exposición de Barroso. O una sesión de aquellos circos morbosos de finales del diecinueve: pasen y vean, aquí tienen al hombre que se introdujo su propio pene por un ojo, aquí a la mujer que montaba jabalíes y paría cadenas de peuvecé, aquí al domador de profilácticos y venéreas, y aquí… aquí tú. Tenemos hueco para ti también, pequeño maníaco disfrazado de albaceteño cultureta. Te pondremos de rodillas, desnudo y atormentado, para que goces, mi amor.

Carne, carne por todas partes, filete de puta a lo Barroso, hígado de psicópata caliente y tierno latiendo, temblando bajo la piel, resudando bajo los plásticos, enfundados en su propia lírica medicamentosa. Maníacos elegantes, enfermos altivos, carne y carne y carne. ¿Será eso estar loca, respirar a duras penas con la mueca apretada en el rostro entre vendas, el cuerpo amurallado y atado contra una misma? ¿Será eso no estar loca, sobrevivir entre las cuerdas, abofeteada, malherida y a la vez intacta y dueña?

Antonio Barroso se lo debería hacer mirar. Por desquiciarse haciendo fotos y desquiciarnos a todos, violentados por la sangre que no está pero se cuaja detrás del blanco impoluto de hospital de esta cámara de torturas chic, de este banquete de boda para culpables.

En su orgía, tras el cañonazo inicial, crecen los detalles. Se encuentra momentos después la imposible delicadeza en la mirada de la castigadora, la ambigua fragilidad del macho depilado, el temblor quizá de una teta al borde del clic de la cámara, la humanidad imperfecta de la marioneta muscular.

Aquí se vino a ser carne, a soportar los golpes y esconder la identidad. Aquí se habla el lenguaje de un cortejo dolorido y envasado al vacío, puesto a la venta en la vitrina sellada de la joyería-charcutería, para regocijo de los más santos. Aquí se conserva fresca y tirante la piel de los escogidos por su carencia de espíritu, las víctimas de la materia, la carne enguantada en la carne. Es un infierno en tetrabrick dentro de la nevera, un boceto humano que se estira como la cuerda de un violín ante el metacrilato higiénico y pulido.

El discurso de Barroso es la insolencia afilada, la patada en la boca para quien observa, no se sabe si como venganza personal o como ayuda generosa para el despertar de los sentidos. Y una vez despiertos, te inocula el pasmo, la carne atormentada bajo las lonas. La carne, siempre la carne.

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