I hate Benidorm

  • Columna de opinión, por Alfonso Tornero

Existen, y conozco a varias, personas que no saben nada de nada de nada de inglés. Ni decir hola, ni gracias, ni adiós. Una de estas personas veía la televisión, en concreto, lo más importante que se emite a través de este medio: los anuncios publicitarios. Continuamente, la persona tenía que preguntar a los que compartían tele con ella: ¿Qué quiere decir esto, esa frase, aquella otra? Feel the comfort. Go the distance. I’m loving it.

Por supuesto, la persona que no sabía nada de inglés y veía la tele había estudiado, como todo niño español, esa lengua extranjera en el colegio, pero con los resultados manifiestos de la mayoría de los sistemas educativos que hemos padecido durante décadas: aprende (ingiere), examínate (regurgita) y olvida. Así pues, el mundo de mi persona no angloparlante es un carrusel de frasecitas enigmáticas, de sonidos ininteligibles, de significados ocultos que acechan detrás de cada esquina. Un mundo a salvo de ciertos mensajes subliminales, cojo en la comprensión de lo que los ibéricos paladines de la lengua castellana bautizaron como ‘barbarismos’.

En el polo opuesto, un día comenté a un amigo británico afincado en España: «You must feel like home. Con todos estos destellos de tu idioma salpicando a cada momento: carteles en las calles, etiquetas en las tiendas, guiños en la publicidad, omnipresencia en la tecnología… hasta esos grandes y rojos STOPS de carretera». El amigo me contestó (en inglés, porque nunca le hizo falta aprender demasiado castellano): «Todo el mundo es like home para mí».

Tal vez por ello nos reímos tanto del fallido esperanto: el único lenguaje universal posible es el inglés, estandarte de una cultura, la norteamericana, que nos inunda con su cine, sus libros y su sistema económico desde antes de los tiempos de Mr. Marshall, y que irá mucho más allá de Eurovegas (donde se podrá fumar). Un inglés sin conjugaciones, con flexibilidad semántica infinita, donde el único problema es que no hay reglas que relacionen estrictamente la pronunciación con la escritura (tranquilidad: el castellano evoluciona día a día hacia ese punto…)

Y de regreso en la escuela, para ser consecuentes con la universalidad de un idioma que habla hasta el Rey, se potencia el bilingüismo como medida salvadora e incluso preventiva de nuestros males mayores. La expresión es «inmersión lingüística»; la intención, que las clases se den directamente en inglés, sean de matemáticas o religión (retomando una vieja teoría que define la educación como un acto de violencia evidente sobre los alumnos). Sin inglés no habrá trabajo, ni futuro, ni aldea global, ni país europeo rico al que emigrar.

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