En la picota

  • Columna de opinión, por Rubí Sanz

Desahucios, el timo de las preferentes, el paro que no cesa, violencia de género… Está resultando hasta difícil despertar porque cada nuevo día nos pone el alma en vilo. En medio de este fragor también se cuelan algunas buenas noticias que proceden del campo de la ciencia o de la cultura donde, afortunadamente, algo o alguien se mueve, como el nutrido grupo de intelectuales que desde el foro que es el Círculo de Bellas Artes de Madrid han presentado un Manifiesto por una nueva Ley de partidos que los haga más democráticos. Pequeños pasos se dan cuando las Reales Academias incluyen entre sus numerarios a mujeres, en estos días Pilar León en la de la Historia y Aurora Egido en la RAE, donde también ingresó Santiago Muñoz Machado. La primera, de discurso fluido e inteligente, ha dedicado su vida a la cultura clásica en la que hunden nuestras raíces; la segunda es una apuesta firme por nuestros clásicos de la literatura de los que tanto hay que seguir aprendiendo, la que ha enriquecido el lenguaje de nuestros escritores; el tercero pronunció un discurso de ingreso titulado Los itinerarios de la libertad de la palabra, un recorrido histórico a favor de la bandera de la libertad de expresión que tanto reivindicamos en la década de los setenta. Dice en su comienzo (página 19): «la libertad de palabra, el derecho al discurso y a la comunicación son conquistas recientes en las sociedades occidentales, que aún, de vez en cuando, se ven acosadas por restricciones imprevisibles e injustas».

Traigo esto a colación no sólo por la importancia de estas noticias, sino también porque de alguna manera en estos días se ligan con otras mucho menos halagüeñas. Una tiene que ver con el acceso a la cultura como derecho constitucional contemplado en el artículo 44 de nuestra Carta Magna. En Castilla-La Mancha, la voz de alarma la daban los representantes de asociaciones que engloban a personal de archivos, bibliotecas y museos, de la denuncia de la lista de recortes que presentaron destacamos los que han llevado al cierre de algunas bibliotecas públicas. La situación forma parte de esa marea que en toda España cercena el acceso libre y gratuito a las instituciones culturales de la que no se libra ni la Biblioteca Nacional de España, que ha sufrido reducciones de personal, de horarios, de compras de libros.  Por ello se impone de nuevo un alegato a favor del libro, ese pequeño objeto que nos sumerge en conceptos que enriquecen el pensamiento, que permiten a las personas tener criterio y, con ello, la capacidad de opinar y de expresarnos libremente. Ojalá la llamada de nuestros bibliotecarios no sea finalmente un clamor en el desierto, ahogada por el ruido de tantos otros sucesos. Leamos un libro de Manuel Rivas, Los libros arden mal, y reflexionemos sobre un artículo de Carlos Penelas publicado hace cuatro días, ‘No deberías leer ni pensar ni soñar’ del que extraigo lo siguiente: «El hombre que lee está siempre solo. El hombre que lee no es fácil de manipular. Es un ser asocial, un mal consumidor. La lectura lo hace eterno, lo hace fantasioso».

La desinformación del que no lee y el fanatismo encuentran su exponente en la quema y la destrucción del legado cultural de los pueblos. Esta semana, el lunes, conocíamos la situación de la histórica mezquita siria de Alepo, que añade páginas al libro rojo de la eliminación y del expolio que como un dardo envenenado se ceba sobre el patrimonio cultural de la humanidad. Lo ocurrido a la mezquita de los omeyas es un suma y sigue: en la hermosa Palmira los mosaicos están siendo arrancados, vimos perplejos la caída de los Budas de Bamiyán, el drama de los manuscritos de Tombuctú, el saqueo del Museo de Bagdag, fundamentalismo y codicia están en las raíces de tamaños despropósitos. Mal estreno del siglo XXI en estas sus primeras décadas. Borrar (= destruir) el patrimonio cultural equivale a eliminar ese bagaje colectivo que nos identifica como seres humanos copartícipes de una memoria común y colectiva, la consecuencia es la de una sociedad descohesionada ¿es la que desean los señores de la guerra? ¿Forma parte del camino trazado por los grandes especuladores?

Aún nos queda la voz, ya rota por la muerte el pasado día 23, de Georges Moustaki, un recuerdo emotivo para él.

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