Vidas con freno y marcha atrás

  • Columna de opinión, por José Ángel Sánchez

La generación de los que frisamos los 50 años nos hemos criado en la idea del crecimiento constante. Eran los tiempos optimistas, España había dejado hacía unos años las cartillas de racionamiento, los hogares empezaban a llenarse de electrodomésticos y a las aulas universitarias acudíamos las primeras hornadas numerosas. «Estudia hijo», era el mantra que nos repetían como la flecha que indica el camino correcto. Teníamos asumido que si hacíamos eso viviríamos mejor que nuestros padres. La vida nos afirmaba, hasta hace apenas nada esta idea optimista: todo esfuerzo razonable tiene su respuesta justa. Desde la actual  perspectiva de crisis nos parece que aquello era, evidentemente, erróneo porque la historia de la Humanidad ha sido una yenka constante. A la idílica Grecia le sustituyó la pragmática Roma, cuyo legado fue abolido por una oscura Edad Media, y tras el Renacimiento apareció la oscura Inquisición…y hasta aquí.

La diferencia entre esta crisis y los demás momentos históricos la marca la paradoja de que se haya producido en un momento de paz global, donde los imperios, y sus inevitables guerras, no han tenido nada que ver. Ahora no cabalgan los jinetes del Apocalipsis sobre la faz de la Tierra. La actual bomba de neutrones mantiene un aspecto de aparente normalidad. Y quizás eso es lo que nos desconcierta. Cómo es posible que sin unas condiciones externas trágicas vivamos trágicamente. Cómo acomodar nuestro cerebro educado de manera optimista a la rebaja constante de sueldo, cuando no al paro, a una sanidad menguante, a este letargo ético, a las contradicciones morales más evidentes de nuestros gobernantes. Cómo vivir con aquellas reglas esta nueva situación.

La resignación, la depresión, la rabia. Todo ello se apodera de nuestro mundo. La fe milenarista o la revolución eran las salidas históricas naturales. La gente se entregaba a la barbarie o se recluía en un convento. Pero qué hacer cuando no estamos socialmente tan mal ni religiosamente tan convencidos. Qué nos queda ahora que sabemos cómo funciona el mundo, cuando ya sabemos qué nos espera en ambas opciones. De qué nos ha servido saber lo que sabemos. Con qué rostro decirles a nuestros hijos lo que nos dijeron nuestros padres: «estudia hijo» y cómo aguantar su mirada ante nuestra evidente inseguridad.

Lo más lacerante de esta situación es que conocemos el nombre de los culpables. Que podríamos poner rostros a cada infame. Que sabemos por qué se ríen, y de quién se ríen. Pero nuestra conocimiento no llega a saber cómo salir de esta situación y ahora no podemos acusar a un sátrapa o a un dios, ni a oscuras fuerzas, pues su luz nos deslumbra.

Como última humillación nuestra frustración aumenta al saber que hemos sido nosotros, con nuestro voto, los que hemos ‘democráticamente’ rodeado nuestro cuello con la ‘tropa’ que nos gobierna.

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2 pensamientos en “Vidas con freno y marcha atrás

  1. Creo que es un análisis acertado, los que escuchábamos decir a nuestros padres que había que estudiar para tener un futuro mejor, ahora estamos bastantes desconcertados. Hay que seguir diciéndoles a nuestros hijos que estudien, tal vez para que sean menos “esclavos” en esta sociedad y puedan desarrollar un espíritu crítico ante las injusticias.

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