Más allá de consignas y dogmas: el lugar de lo utópico

  • Columna de opinión, por Francisco Javier Avilés

Un problema que tienen las enmiendas a la totalidad es que exigen contar con una contraoferta que sea al menos tan amplia y bien fundamentada como aquello a lo que uno se opone. Un servidor comparte con todos los utópicos del mundo que este sistema económico, el vigente, además de injusto, por generar de oficio pobrezas y desigualdades, es inviable a medio y largo plazo, por cuestiones de sostenibilidad medioambiental y social. Hasta ahí, la parte sonriente, pues como cita un buen amigo, yo también soy absolutamente partidario de la felicidad. Ahora toca la contraparte de la parte contratante, la alternativa. Y ahí me atasco. Porque todas las posibles respuestas económicas, políticas, sociales, educativas que aspiran a construir un mundo en el que no haya ricos y pobres, ni coacción política, un mundo participativo y generosamente solidario, respetuoso con la naturaleza y culturalmente abierto a todas las diferencias… requiere una transformación del ser humano, de la persona una a una y de todas en sociedad, y eso ya es otro cantar. Y de la visión social y política, de la alternativa económica pasamos a la filosofía, a la ética, al mundo escurridizo de los valores y de las aspiraciones insobornables.

Si todavía fuera socrático, y por esa línea genética, kantiano, creería que el sólo conocimiento, la cumplida información y una seria formación es el camino directo al bien, al consenso universal sobre lo que a todos nos conviene. Pero no creo del todo en ese dogma ilustrado. Comparto plenamente la necesidad de la educación para el desarrollo individual y comunitario. Pero hace falta algo más que saber lo que es bueno para creer que es lo que debes hacer y querer hacerlo. Saber, creer, querer… no veo otra posible dilación entre esas diferentes dimensiones del hecho humano que una profunda transformación de la persona, y con ella de la humanidad. Dicha evolución, como parece ser que le ocurrió a la biológica, no es de todo gradual, requiere saltos en los que se suman ingredientes que estaban olvidados, marginados. Hasta donde llego a comprender la complicad república que cada persona, sólo la espiritualidad busca abarcar todos los componentes de la conciencia, incluida la razón, para contar con ellos en una más completa realización del ideal humano y social.

Cuando digo espiritualidad, no me refiero sólo a la religiosa, pero desde luego la incluyo junto con todas las vías de integración y ampliación de las múltiples inteligencias y capacidades antropológicas. Me refiero pues a algo que los defensores de la inteligencia emocional reconocerán muy próximo a sus propuestas. Pero también los que defienden la importancia de la educación artística,  la necesidad de experiencias de contacto más directo con la naturaleza, la conveniencia de inmersión en la alteridad, especialmente al sufriente… tantas y tantas oportunidades de ser más de lo predeterminado sociológicamente. Todo lo cual me indispone contra soluciones ideológicas que manejan fórmulas cerradas y siempre definidas por su oposición a su rival: derechas / izquierdas, conservador / progresista, religiosos / laicos. Estas polarizaciones, como el bipartidismo, son cuanto menos simplistas y, casi siempre, interesadas.

De esto creo que hay que hablar y tener en cuenta cuando las soluciones por las que apostemos sean enmiendas a la totalidad.

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