Quiero que seas mi Holly

  • Columna de opinión, por Elena Serrallé

Cada mañana mi hijo de dos años se bebe no sólo la leche sino también los dibujos animados que acuden fieles a su cita y me facilitan la labor de alimentarlo. El sábado, por aquello de que el ritual diario se relaja y se hace más lento, me permití el lujo de sentarme junto a mi pequeño y ver la tele con él.

Disfrutamos un capítulo de ‘El pequeño reino de Ben y Holly’ (quien tenga hijos de edades tan tempranas sabrá de lo que hablo), y aprendimos, y digo bien, aprendimos, y lo subrayo, aprendimos, y lo pongo en negrita, aprendimos y hasta en mayúsculas, APRENDIMOS una lección valiosa.

Era el cumpleaños de Ben, un pequeño duende. En la fiesta recibe una tarjeta de felicitación por parte de cada invitado. El primero había comprado la tarjeta. La segunda, que era una pequeña hada, se había servido de su magia para crearla. El tercer amiguito la había elaborado con ayuda del ordenador, y Holly había optado por confeccionarla ella misma, sólo con ayuda de su imaginación y de sus manos. Evidentemente, fue la preferida del cumpleañero.

El mensaje es contundente. Nos estamos deshumanizando, pensé. ¿Cuándo fue la última vez que hablé personalmente con mi amiga Loreto? Ella, que nunca falla. Creo recordar que no me envió tarjeta de felicitación de Navidad, de esas que tanto me gusta recibir. Hace veinte años que la conozco y cada Diciembre me arranca una sonrisa el simple gesto de abrir el buzón y comprobar que allí está ese papel manuscrito, tan pequeño, tan emotivo, tan personal. No, no me escribió.

¡Oh no! Loreto me envió un whatsapp con un escueto «felices fiestas», que incluso no tuvo ni que escribir porque si tiene la función diccionario, se escribe solo, y añadió un emoticono con la figura de Papá Noel y un árbol de Navidad. No, yo no quiero eso.

No quiero recibir un redondo y amarillo beso. Cuando me quieras besar, bésame. Por favor, no me desees un feliz cumpleaños mediante un email, háblame, y si lo haces cara a cara, mejor. Quiero leer tu mirada, observar cómo te trata la vida, tocarte, colocarte un mechón del pelo detrás de la oreja, reírme de tu grano como hacía cuando éramos adolescentes, opinar sobre tu corte de pelo, consolar tus preocupaciones y darte un abrazo de oso. Loreto, vuelve, quiero que seas mi Holly.

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