Esperpento

  • Columna de opinión, por Sato Díaz (@JDSato)

«Los héroes clásicos han ido a pasearse al callejón del Gato… Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada». Así explica Max Estrella en qué consiste el esperpento, en la obra Luces de bohemia de Valle-Inclán, escrita en 1920. Y es que en este céntrico callejón de Álvarez Gato, en Madrid, se encontraban unos espejos que deformaban todo aquello que reflejaban. Aquellos que paseaban por ahí veían cómo sus siluetas se modificaban, y se reían y bromeaban sobre ello.

Con el esperpento encontró Valle una técnica teatral que le resultaba propicia para reflejar la sociedad española del momento. Una de sus mayores características es que conseguía mostrar grotescamente las tragedias de los personajes. Es decir, que mientras los personajes sufrían unos desenlaces funestos en sus vidas sobre el escenario, producían risa en el público del patio de butacas. Era una España caduca, una caricatura de sí misma, según el propio autor. Era la España del turnismo canovista, donde los partidos Liberal y Conservador amañaban elecciones para sortearse en el poder, del caciquismo, de la Restauración borbónica, de Maura, de Canalejas, casi de Primo de Rivera… Una España que se sostenía en un sistema caduco, que creía ser aquello que nunca había llegado a ser.

Los espejos del callejón del Gato desaparecieron hace años. Sin embargo, continúan deformando todo lo que se refleja en ellos. Hoy hay un escaparate de una tasca, y me reflejo en él. Y veo mi silueta deformada por los anuncios de los precios de las patatas bravas, de la morcilla de Burgos, de la tortilla de patatas, del queso manchego… Y por allí pasea hoy la sociedad española. Los héroes trágicos reflejados entre los precios de las patatas bravas y de la morcilla de Burgos dan también el Esperpento.

En ese escaparate de esa tasca se ha reflejado, por ejemplo, el artículo 14 de nuestra Constitución: «Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social», y el reflejo que nos llega hoy en día es nuestra realidad, caricatura de sí misma, con una ración de patatas bravas. También se ha debido reflejar allí el primer apartado del artículo 128: «Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general», y nos llega también la caricatura, mezclada con una tapa de queso manchego. Y qué decir del artículo 47: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación…», nos ha llegado el reflejo, con olor a chorizo.

En definitiva, el esperpento valleinclanesco, a la vuelta de la esquina. Grotesca es nuestra realidad, hasta tal punto que si nos viéramos desde fuera, como el público ve al actor en el teatro, nos produciríamos risa, tan educados, tan obedientes, tan desgraciados, como marionetas. Pero desde dentro, como personajes que somos, la tragedia es mayúscula, y con todas sus consecuencias.

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