Barclarín

  • Columna de opinión, por José Ángel Sánchez

Barcarola, clarín, revista, AlbaceteHay expectación. Es un día grande. Lucen las solapas sus mejores divisas. Elías Rovira una elaborada filigrana de azabache y oro de la universidad, Paco Jiménez una albaceteña navaja. Los saludo y se les nota tensos. Luego entenderé por qué: actúan. Las cámaras entrevistan a los directores: José Manuel se atusa los bigotes y Juan se tira de los puños de la camisa; el actor ronronea por el patio de cuadrillas saludando a la gente, las parejas los  miran con emoción. Abre plaza el concejal: voluntarioso, un poco trabucado, saluda a los veteranos: anteriores concejales y al alcalde: Jerez. Hoy el toro se llama Clarín y lo pone en suerte Martínez Cano. Hasta donde yo estoy, en el fondo del coso, apenas llegan sus sabias palabras que ya salen romas, enmarañadas en el bigote. De vez en cuando alguna palabra logra escapar y tras sortear orejas, bocas, laca y bolsillos del público me llega: García…autoridades…especial…énfasis…Jiménez. Es un lenguaje de abeja que es completado por Juan, ¡bravo!, que no lleva barba: emoción…Barcarola…referente…impagable…Santos.

Embelesado por el recinto y fatigado de mi tarea de cazador de palabras, miro el entorno. Ya sé que antes fue el salón de plenos e imagino a los fantasmas de los próceres discutiendo, asintiendo, confabulando. Las luces dan una amarillenta luz de pergamino, los sillones estrambóticos hunden a sus ocupantes y un amago de baldaquino, o de palio, da un aire eclesial al recinto. Las caras de los poetas que han comenzado a recitar se vuelven poéticas y las palabras caen por gravedad sobre los ocupantes de la contrabarrera.

Paco Jiménez habla, muy bien, de su nieta; el comisario Roldán, inédito como poeta , sigue inédito después de recitar; Elías Rovira empuja como un mar los restos de un naufragio, sus haikus, hasta mi orilla. Se ha aplaudido mucho conforme el sobresaliente iba poniendo a los poetas en suerte y bastante cuando se han retirado. A mi lado hay un clac profesional que es el primero en iniciar el aplauso y el penúltimo en acabar. Son palmadas sonoras que arrastran y yo imagino rabos y orejas y vuelta al ruedo.

A este acto de Canaán le falta el vino y aparece el actor Gallardo y la violinista. Habla por boca de Buscarini del que leí en el único buen libro de De Prada: Desgarrados y excéntricos. Representa la bohemia de forma magistral: dolor, genio, fantasía y muerte. Yo he ido apuntando en mi mano izquierda alguna cosa. Cuando la he llenado le pido a mi vecina su mano y me la concede: luego, mientras agarre la sartén de la cena, allí estará lo mejor. Todo acaba, clac-clac, pero no puedo aplaudir porque temo que se me caigan las palabras, hacerle daño a las ideas. Cuando busque en la memoria echaré de menos la mano de los millones. Es lo que tiene escribir en palmas ajenas.

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