Ese claustro es mío

  • Columna de opinión, Alfonso Tornero

calle del Expolio, Salamanca, opinión, AlbaceteEn la ciudad de Salamanca hay una calle que se llamaba Gibraltar (ese peñón es mío). En dicha calle se encontraba un archivo histórico de papeles, legajos y otras zarandajas relativas a la Guerra Civil (esa memoria histórica es mía).

Los papeles eran de una importancia tal, que sólo los ojos más doctos tenían potestad para contemplarlos o estudiarlos. Los requisitos burocráticos para traspasar el umbral del cerradísimo edificio incluían la posesión de un carnet de investigador de esos que expenden las universidades a los innumerables estudiosos decididos a sumergirse en las fuentes históricas para iluminar quizá los males del presente. Como ustedes intuirán, el archivo mostraba siempre una apariencia de absoluta soledad.

Entonces, alguien dijo desde Cataluña «ese archivo es mío», amparándose en la bandera de un partido político y en un argumento tan incontestable como que los legajos y apechusques habían salido de aquella remota región, expoliados por los poderes dictatoriales y acumulados en Salamanca como trofeo de guerra. Los investigadores franquistas que estudiaban los documentos tenían un objetivo más práctico y específico: saber y controlar quién era quién en las zonas conflictivas; algo absolutamente impensable en nuestra sociedad actual (esos datos privados son míos).

Con toda la carga social, histórica y memorística implícita, se ordenó que el archivo de Salamanca fuera restituido a Cataluña. Mientras la delicada cuestión se dirimía en los tribunales, y los partidos políticos opuestos cumplían con su función de oponerse, el archivo se abrió al público, con lavado de fachada, propaganda, horarios de visita y la
parafernalia habitual de los monumentos más turísticos (ya no hacía falta carnet de investigador). Medidas vanas: los papeles volaron a Cataluña, y la calle Gibraltar fue rebautizada como calle del Expolio.

Mucho tiempo después, unos expertos historiadores del arte se interesaron por un claustro románico situado en una finca de Palamós, instalado allí después de un trayecto de anticuarios, marquesas y ricos herederos. Expertos de la Generalitat lo analizaron y concluyeron que era una obra moderna no sujeta a protección-expolio. Expertos de otras
regiones afirman que el claustro, a pesar de sus parches y remiendos, es una construcción del siglo XII, y no sólo eso, sino que merced a pruebas que Sherlock Holmes consideraría irrefutables, se puede afirmar que fue el claustro de la catedral vieja de Salamanca, la misma cuyas paredes meridionales dan a la calle del Expolio (que hoy se llama otra vez calle Gibraltar, ese peñón es mío).

Permaneceremos atentos al veredicto de tribunales superiores, a las propuestas de pegar o encajar las columnas catalanas en la configuración actual del claustro de la catedral salmantina, a la disputa política por la posesión de los patrimonios de la humanidad que han tenido la fortuna de convertirse en símbolos de las naciones, en vez de la desdicha de haber aparecido en la ubicación (ese solar es mío) de una futura urbanización de Vicálvaro o de un garaje titánico en el centro de Murcia.

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