De Alpera a Lezuza

  • Columna de opinión, por Rubí Sanz

Libisosa, yacimiento, Lezuza, AlbaceteHace pocos días el Ayuntamiento de Lezuza celebraba un día de puertas abiertas en el yacimiento de Libisosa, ahora el de Alpera hace otro tanto en torno a las pinturas rupestres de su término municipal, con la Cueva de la Vieja a la cabeza. Ambas iniciativas son especialmente de agradecer por cuanto constituyen una oferta cultural atractiva, edificante, que nos transporta a los tiempos de otras gentes que antaño ocuparon espacios del territorio albacetenses. Son opciones del turismo cultural que, de paso, contribuyen a conocer los pueblos actuales, sus actividades y paisajes. Y son todavía más importantes en estos tiempos en los que muchas de las ofertas culturales (cine, teatro, libros, música) están acompañadas de impuestos (IVA) desacordes con las capacidades adquisitivas de las familias.

El derecho a la cultura, recogido en nuestra Constitución (artículo 44.1), es responsabilidad en primer lugar de las instituciones públicas, luego están los espónsores, las iniciativas privadas algunas surgidas desde asociaciones, pero son el Estado, las Comunidades Autónomas, las Diputaciones y los Ayuntamientos quienes han de promover y tutelar todo aquello que contribuye a fomentar la cultura de los pueblos. El patrimonio está en primera línea de salida pues, al fin y al cabo, es el más directo legado de quienes nos precedieron.

Uno de los logros del Estado democrático ha sido romper las barreras que habían sido levantadas, que reservaban la educación y la cultura prácticamente a quienes podían pagarla. Las bibliotecas eran escasas, las universidades lo eran todavía más… En estos días uno de los temas de actualidad gira en torno a las becas, tan necesarias para muchos buenos estudiantes y mejores profesionales futuros, otro impone una urgente reducción del IVA para que nuestros creadores puedan seguir produciendo. La historia, la riqueza y el prestigio de los pueblos es tanto mayor cuanto lo es su inversión en la extensión del conocimiento.

Ese claustro es mío

  • Columna de opinión, Alfonso Tornero

calle del Expolio, Salamanca, opinión, AlbaceteEn la ciudad de Salamanca hay una calle que se llamaba Gibraltar (ese peñón es mío). En dicha calle se encontraba un archivo histórico de papeles, legajos y otras zarandajas relativas a la Guerra Civil (esa memoria histórica es mía).

Los papeles eran de una importancia tal, que sólo los ojos más doctos tenían potestad para contemplarlos o estudiarlos. Los requisitos burocráticos para traspasar el umbral del cerradísimo edificio incluían la posesión de un carnet de investigador de esos que expenden las universidades a los innumerables estudiosos decididos a sumergirse en las fuentes históricas para iluminar quizá los males del presente. Como ustedes intuirán, el archivo mostraba siempre una apariencia de absoluta soledad.

Entonces, alguien dijo desde Cataluña «ese archivo es mío», amparándose en la bandera de un partido político y en un argumento tan incontestable como que los legajos y apechusques habían salido de aquella remota región, expoliados por los poderes dictatoriales y acumulados en Salamanca como trofeo de guerra. Los investigadores franquistas que estudiaban los documentos tenían un objetivo más práctico y específico: saber y controlar quién era quién en las zonas conflictivas; algo absolutamente impensable en nuestra sociedad actual (esos datos privados son míos).

Con toda la carga social, histórica y memorística implícita, se ordenó que el archivo de Salamanca fuera restituido a Cataluña. Mientras la delicada cuestión se dirimía en los tribunales, y los partidos políticos opuestos cumplían con su función de oponerse, el archivo se abrió al público, con lavado de fachada, propaganda, horarios de visita y la
parafernalia habitual de los monumentos más turísticos (ya no hacía falta carnet de investigador). Medidas vanas: los papeles volaron a Cataluña, y la calle Gibraltar fue rebautizada como calle del Expolio.

Mucho tiempo después, unos expertos historiadores del arte se interesaron por un claustro románico situado en una finca de Palamós, instalado allí después de un trayecto de anticuarios, marquesas y ricos herederos. Expertos de la Generalitat lo analizaron y concluyeron que era una obra moderna no sujeta a protección-expolio. Expertos de otras
regiones afirman que el claustro, a pesar de sus parches y remiendos, es una construcción del siglo XII, y no sólo eso, sino que merced a pruebas que Sherlock Holmes consideraría irrefutables, se puede afirmar que fue el claustro de la catedral vieja de Salamanca, la misma cuyas paredes meridionales dan a la calle del Expolio (que hoy se llama otra vez calle Gibraltar, ese peñón es mío).

Permaneceremos atentos al veredicto de tribunales superiores, a las propuestas de pegar o encajar las columnas catalanas en la configuración actual del claustro de la catedral salmantina, a la disputa política por la posesión de los patrimonios de la humanidad que han tenido la fortuna de convertirse en símbolos de las naciones, en vez de la desdicha de haber aparecido en la ubicación (ese solar es mío) de una futura urbanización de Vicálvaro o de un garaje titánico en el centro de Murcia.

Vidas con freno y marcha atrás

  • Columna de opinión, por José Ángel Sánchez

La generación de los que frisamos los 50 años nos hemos criado en la idea del crecimiento constante. Eran los tiempos optimistas, España había dejado hacía unos años las cartillas de racionamiento, los hogares empezaban a llenarse de electrodomésticos y a las aulas universitarias acudíamos las primeras hornadas numerosas. «Estudia hijo», era el mantra que nos repetían como la flecha que indica el camino correcto. Teníamos asumido que si hacíamos eso viviríamos mejor que nuestros padres. La vida nos afirmaba, hasta hace apenas nada esta idea optimista: todo esfuerzo razonable tiene su respuesta justa. Desde la actual  perspectiva de crisis nos parece que aquello era, evidentemente, erróneo porque la historia de la Humanidad ha sido una yenka constante. A la idílica Grecia le sustituyó la pragmática Roma, cuyo legado fue abolido por una oscura Edad Media, y tras el Renacimiento apareció la oscura Inquisición…y hasta aquí. Sigue leyendo