Motel Bates: Las wertgüenzas del ministro

  • Columna de opinión, por Jesús López

Wert, ministro, Educación, vergüenza, declaraciones, Motel Bates, AlbaceteAl ministro Wert, Jose Ignacio Wert, lo tenemos alojado en la habitación 6,5. No podía ser de otro modo. Además, es una habitación con tremendos ventanales. Porque a Wert lo que le gusta es que le vean. Como los exhibicionistas de chiste de tira cómica, provisto de metafórica gabardina, Wert lleva año y medio enseñándonos sus vergüenzas, aquellas que antes se callaba cuando asistía a todo tipo de tertulias políticas en radio y televisión forjándose una imagen de hombre de centro, prudente y cabal. Pero eso era cuando estaba vestido. Con su entrada en el gobierno de un PP del que no tiene carné  —porque Wert es y será siempre un independiente—, el ya ministro se despojó de traje y corbata para mostrarse al mundo tal y como Dios le trajo al mundo. Y empezó a deambular por las esquinas.

Una de las primeras esquinas en las que abrió su gabardina está en el congreso. Desde su mismísimo escaño dijo aquello de «hay que españolizar a los niños catalanes». Claro, y de paso volver a editar —actualizada— la enciclopedia Alvarez, para que los estudiosos infantes de aquella españolísima región puedan imbuirse del glorioso espíritu nacional.  No olvidemos que es el mismo ministro que aboga por la segregación de niños y niñas en los colegios, pues según él resulta mucho más fácil para un estudiante concentrarse en el estudio si no tiene «distracciones». En plata: que las faldas distraen, tanto como para no poder rezar de seguido el padrenuestro en la asignatura de religión, otro punto en el que el ministro parece opinar en rebobinado, concretamente en un rebobinado a los años 60, concediéndoles poder de nota influencia en la nota media junto a la nueva y flamante ‘Educación Cívica y Constitucional’.

Otra recordada apertura de gabardina tuvo lugar cuando se cachondeó abiertamente de las familias económicamente menos afortunadas, cuestionando que tal escasez de recursos pudiese impedir el pago de las tasas universitarias tras la subida que el gobierno aplicó a las mismas. Wert, como quien pasa por ahí, dejó caer lo siguiente: «que la familia no tiene recursos para afrontar el pago de las tasas, evidentemente se pueden dar casos, pero ¿no tener recursos?, pregunto una vez más, ¿qué quiere decir? Que no se quieren dedicar recursos a eso en detrimento de otras posibilidades». Vamos, que las familias prefieren jugar al bingo o gastarse sus ingresos en vicios insanos antes que en procurar estudios universitarios a sus vástagos. Ahí queda eso. Dicho por todo un ministro. Genio y figura.

Pero sin duda, su obra maestra en lo que a exhibir sus vergüenzas se refiere ha tenido lugar estos días, cuando afirmaba respecto de la instauración de una nota mínima exigible para poder acceder a una beca: «La pregunta que hay que hacerse es si ese estudiante que no puede conseguir un 6,5 está bien encaminado o debería estar estudiando otra cosa». Es lógico. Si uno mira el currículum del ministro verá que además de tertuliano y profesor universitario es licenciado en derecho, con Premio Extraordinario como número 1 de su promoción. Ahí es nada. Normal que para el número 1, el mismo número 2, por quedar detrás, sea un fracasado. ¿Un 8? Eso no es una nota para quien tiene un 10 de media. Un 8 es inexplicable, pero ¿menos de un 6,5?. Menos de un 6,5 es francamente delictivo. Como dirían Faemino y Cansado, a estudiantes que saquen menos de esa nota habría que enviarlos al calabozo de la facultad.

Qué razón lleva Wert. De hecho, si se hubiesen seguido sus recomendaciones hace mucho tiempo, un tal José María Aznar López jamás habría podido recibir beca y estudiar en la Universidad ya que nunca alcanzó el 6,5. Y sin un Aznar presidente puede que nunca hubiese habido un Rajoy que nombrase a Wert ministro.

Y como Wert es inagotable, cerramos esta habitación del Motel con una cita del ministro que firmaría sin dudar Groucho Marx: «En realidad, no es que un gobierno invierta más en educación y así tenga mejores alumnos y luego trabajadores más productivos, sino que si se mejora el rendimiento –sobre todo en matemáticas, lectura y escritura– de los estudiantes de un país aumentará su crecimiento económico, lo que es crucial porque permite recortar inversión en educación y al mismo tiempo que mejore el rendimiento de los estudiantes».

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